DOS VOCES Y DOS GUITARRAS
Eran dos flacos de barrio de esos que andan escupiendo las veredas, dando vueltas en bici o enfrascados en alguna asamblea de esquina mientras pasean un perro. Eso sí, tenían el síndrome de los sesenta: La Beatlemanía. Quien más quien menos llevaba esa marca en algún doblés de la piel y se le manifestaba en algún canturreo en buen o mal inglés, en algún esbozo de flequillo, en algún saquito apretado.
Estos dos flacos habían aprendido a hacer sonar unas guitarras precarias y hasta podían imitar a sus maestros/ídolos sanateando las letras y omitiendo involuntariamente algún acorde, aunque la cosa diera la impresión de tener buen nivel. Así se conocieron allá por el sesenta y siete, porque alguien los presentó uno al otro en nombre de una pasión común, como si fueran dos cartas del mismo palo. Casi de inmediato se encerraron en un baño con un grabador y llenaron la cinta abierta con versiones prolijas de los temas más vigentes de los cuatro semidioses de Liverpool. Días después descubrieron que también podían probar con canciones propias. No eran tan buenas pero sonaban en el idioma suyo y le daban a la cosa un cariz de exclusividad. Hasta descubrieron que tenían facilidad para componer simultáneamente, arreglar para las dos voces y las dos guitarras y, lo más importante: comprobaron que sus amigas y amigos se entusiasmaban con esos temas encontrando las letras poéticas y el tratamiento melódico artesanal. Claro, no era producto de la casualidad. Jorge tocaba la guitarra desde los ocho años y Miguel cantaba en el baño desde los nueve las arias de ópera que escuchaba a su padre y a sus hermanos.

